arroz
Pero.. ¿ir hasta dónde para ver distinto? ¿Alcanza Oriente? Y
quizás sí… Ahora queda tan cerca… Kilómetros de ruta asfaltada atravesando los
llanos sencillos de la avenida 44 con sus casitas, locales… toda esa
arquitectura pobre, expuesta, cansada…hasta el fondo; cruzando Los Hornos,
Olmos, Echeverry y antes de la salida a ruta 2 que me lleve a Mar del Plata habrá
un cartel que indique un lugar y un tiempo: Bon Odori. Doblando a la izquierda,
por la 520. Avanzamos en ese auto, al calor reventante de las dos de la tarde en
el verano platense cuando no hay ninguna promesa de nada; haciendo lo que es
mejor hacer en una ciudad en que no se puede hacer otra cosa más que volverse
culto, coleccionar amigos, discos, fumar un poco, leer, tomar buenos mates, comprender
qué es el rock y aprender a reírse de uno mismo. Avanzamos con mi amigo en su
auto, entrando al principio del año 2011, escuchando atentamente el llamado de
la celebración japonesa y un disco de Lebon.
Al llegar allí las promesas del pronóstico ya no existen: la
lluvia se ha extinguido la noche que quedó atrás y el cielo real –amplio y
despejado sobre las carpas blancas– es menos turbio del que se podía prever. Venden
kittis, paraguas de papel, sake, sushi y otras mejores rarezas como calamares
grillados sin gusto a calamar o alfajores-albóndiga de pegajoso arroz con salsa
de soja dulce. Si el amor también pudiera ser así… Tibio, blanco, inocuo… Si se
contagiara un poco de ese arroz… pero aquí el amor es otro. Las propias malas
costumbres occidentales lo tiran sobre la cabeza de los recién casados y esa
rudeza, crudeza, aspereza no suena bien ni cuando cae al suelo.
Somos: él, yo, otros amigos, gente que piensa que ser feliz bajo
las ráfagas hostiles de arroz como comienzo a la vida de un flamante matrimonio
no está bueno. Y lo que es peor: sabemos el final de la película: termina. Y
quisiéramos otra cosa. No arroz. Quisiéramos, por ejemplo, soluciones mágicas.
Un recetario como el de Narda Lepes que nos indique qué,
cómo, dónde comprar
esas cosas que nos faltan para poder hacernos felices: primero, a nosotros
mismos y luego, casarnos. Dónde se compran: la paciencia, la fe, el optimismo
cuando ya hemos leído a Houellebecq, a Focault y hemos escuchado a Johny Cash. Estamos
casi perdidos y grandes para otras lecturas… El vestido blanco níveo hasta los
pies les queda bien a las veintiañeras que se casan con cara de no saber dónde están
yendo. Y Narda... se dedica a dar referencias sobre cocina; no sobre el bajofondo
del alma. Para la hostilidad de esos universos existen los viejos amigos, las
novelas de Kureishi, Murakami, John Irving y está bien… ¿Quién podría saber de
qué, cómo se alimenta el alma y a dónde sugerirle saciarse?
Llegamos a la amistad con él por el camino equivocado. Queriendo
empezar un romance con las mejores intenciones habíamos hecho todo bien: aclarar
lo que no queríamos, tener preservativos a mano, coincidir en que no llamar
nunca más es de mala educación, caratulable casi como violencia de género.
Pero a las semanas del pegoteo quinceañero, en un momento, se
derrumbó todo. No hubo grito, ni pelea, ni revelación grave. Una noche después
de haber visto juntos una película de Miyasaki y de que fuera todo como en un
cuento se me volvió muy claro que el mundo Miyasaki era sólo un film que
comienza y acaba. Ese film inmenso proyectado en una pared blanca que bajo esas
tres capas de pintura inmaculada es de ladrillo hueco y cemento forma parte de
una inmensa estructura -la de un edificio céntrico de departamentos casi
iguales todos e iguales los edificios vecinos y las vidas vecinas- afincada
sobre un terreno licitado en los años ochenta de un modo fraudulento a una
empresa constructora que luego se presentó en quiebra y desapareció, que sirve
de soporte a diversos films que no escapan a la misma trama; la misma vida de
oficinas públicas, cigarrillos, películas, rock, tráfico, eso… Lunes, política,
viernes, política, paredes urbanas pintadas con dolores que se superponen sin
saldarse: los de los años setenta, los de los años ochenta, los de los años noventa,
los del 2000. ¿Cuándo deja de doler esa ciudad? Y alejando la mirada de la
película, vi por primera vez la ventana. El marco quieto. El vidrio quieto. Ese
otro film del otro lado de ese vidrio y supe que no iba a querer eso. Entonces
vi las ruinas de todo. Y no encontré dichos, ni sensaciones, ni objetos, ni momentos
a los que aferrarme para no separarme de él, de todo eso, para volver atrás,
para volver a mirar por primera vez esa película, ese amor, esa ciudad. Algo no
es está siendo cierto… Durante algunos minutos la quietud de esa ventana me
ofreció un mejor lienzo y recordé a mi abuela.
Estábamos sentadas al borde de la cama. Solíamos sentarnos allí
a ver fotos, figuritas o a peinar a las muñecas. Y me contó la historia del
arroz.
Un hombre estaba condenado a muerte y le pidió al rey que le
perdonara la vida. Luego de pensarlo un rato, el rey le contestó que le
perdonaría la vida sólo si podía para la mañana siguiente escribir sobre un
grano de arroz la definición de qué es la vida.
Pasó la noche y al día siguiente, cuando el rey entró en la
celda de aquel hombre lo encontró dormido. En el grano de arroz decía: “Todo
pasa”. Eso, simplemente. Y el rey le perdonó la vida.
“Me voy”, dije. Y no se
escuchó nada. “No se cuándo… Pero se me acabó este lugar”.
Sabiéndolo, a los días, aliviada del susto de quedarme atrapada
y la culpa de irme así lo llamé y me hizo un chiste. Ni para él ni para mí lo
peor había sido no hallar allí y entonces la encarnación del amor que anhelamos
-¿no se había preguntado John Lennon cuál era la obligación de que el amor
apareciera antes de los treinta?- sino el hecho de tener que suspender nuestras
geniales conversaciones y, entonces, nos hicimos amigos. Y todo funcionó
perfecto… Dejamos de ofendernos y de malinterpretarnos; nos reímos muchísimo
más de nosotros mismos. Cambiamos la fantasía de Miyasaki por un juego de mesa;
dio o di tres cartas a cada lado y jugamos al truco un rato… Perdí y le dije
que a favor mío sólo diría que no soy de esa clase de mujeres que los dejan
ganar para que se sientan bien; que, sencillamente, pierdo. “Sos tan peligrosa…”,
me contestó y me hizo reír. Hicimos café, oímos a Pappo. Charlamos en serio,
después del partido, mirando las luces encendidas de otros departamentos grises
desde su balcón y a las tres de la mañana, cuando nos dio un poco de frío y un
poco de hambre y un poco de sueño, con ganas de algo más dulce, revolvimos el
freezer y encontramos un paquete de chomp de dulce de leche que habían quedado
como restos de una antigua cena con sus amigos de la que había sobrado,
también, una carne por asar acostada al lado del helado.
Ahora, que está todo claro entre nosotros (de cada cual con el
otro, aunque no de cada cual consigo mismo), entre las preguntas personales que
repican al interior de cada uno, recibimos la bendición de un año recién nacido;
la purificación que supone poner nuevamente la página en blanco. La japanese me extiende una bandeja plástica con tempuras.
Asiente y así saluda y me mira con una sonrisa. Apoyo la bandeja en la mesa, saco
la billetera del bolso floreado y le pago. Pero antes de llevarme el plato,
atravesando a contramano el mar de gente que aguarda comida y prosperidad,
apoyo mis dedos índices a los costados de mis ojos, donde en un rato pondré la
crema anti-age y estiro la piel a ver cuánto es posible que yo cambie mi punto
de vista sobre las cosas…; a ver si sacando el zoom occidental –culpa del star
system del cine y
otras mentiras– y haciendo un paneo en plano general largo sobre la vida; aliviano
la carga de lo que percibo, me convierto en zen. Pero no puedo.
Probaré con meditación este año que empieza, intentaré desechar
las soluciones mágicas y deshacerme, también, de mis haraganerías. Probaré
trabajar, crecer, creer. En algo. Tal vez, en un nuevo lugar. Mientras tanto,
saludo a la japanese
esperando que su Dios, su tradición y su paciencia la ayuden a no
occidentalizarse nunca. A seguir vendiendo kittys y a sonreír así.
En el mismo lugar donde estaba cuando yo me fui de excursión a
mí misma lo encuentro a él de nuevo. Queda menos cerveza en su vaso y lo apoya
en el piso. Luego, se prende un pucho y me mira:
-
¿Qué? –pregunta.
-
Nada.
Suelta la bocanada de humo con el swing que tienen los músicos con
los cigarrillos y canta a capella, parado en el medio de la vida: “qué estamos
esperando para recibir amor… yo comprendo tu llanto, la vida y el dolor… Me he
tomado el tiempo para vernos otra vez…” Yo camino hacia adentro del círculo de
carpas que se ha trazado en el predio de las afueras de La Plata como si se
tratara de una versión live de la bandera de Japón y avanzo
creyendo ver los faroles chinos encendidos. Y avanzo. Como si pudiera,
caminando hacia el centro, olvidar los detalles en que pierdo el tiempo; avanzar
y, en el mejor de los casos, dar con el corazón.


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