banana


La primera vez que leí a Banana Yoshimoto fue aproximadamente un año antes de quedar embarazada. Volví a leer esa misma primera novela, Kitchen, durante el embarazo.
Fue un tiempo en que me sentí acompañada por algunos libros y otras personas. Y fue un tiempo hermoso porque ese mundo social, lleno de voces, de gente, de deseos del ego, de querer contar en un libro una ciudad había mutado hacia un lugar más verdadero, simple y silencioso. El pasaje fue introspectivo, austero y honesto de encuentro con las preguntas y deseos personales. Hacer tanto por la imagen y tan poco por mí, aunque no supiera del todo quién era yo, me había resultado un poco devastador. Y por ese tiempo comencé a leer sólo los libros que realmente quería leer. A reducir la cantidad de seres con los que entraba en contacto. A preguntarme cuánto de todo lo que había alrededor era una cáscara y cuánto tenía que ver conmigo y a darme más tiempo con algunas personas que me hacían bien y se animaron a venir hasta mí.
No a todas las personas que hubiera querido llegué a demostrarles que las quiero o cómo las quiero. Un poco, por una tendencia a la desidia… A quedarme echada en el sillón, que me es más cómodo; guardada en mi mundito, evitándome atravesar el viento cuando hay; el sol cuando molesta, la incomodidad de habitar los lugares públicos. Pero, también, porque a pesar de mi natural empatía con el mundo, mi soltura y seguridad personal hay otra yo, guardada aquí adentro como una mamushka que me es mucho más incómoda y cierta. Una que padece demasiados prejuicios burgueses, inflexibilidad y absoluta vergüenza de demostrar lo que verdaderamente siente.  
Fue un hallazgo leer y releer a Banana Yoshimoto porque esa primera novela fue un pasadizo glorioso para encontrarme a mí misma. En Kitchen, la protagonista queda sola en una enorme casa después de la muerte de su abuela y se refugia en la cocina, donde se siente a salvo hasta que conoce a su vecino, que la ayuda a salir del estado de pérdida y a construir una sensación de hogar que le es propia.
 Sola, huérfana, con ganas de hacerme un ovillo en el colchón y de dormir, proyectando una sombra de melancolía que de a ratos se confundía con el infinito, estaba también yo ahí; en ese lugar decisivo de una casa que siempre es la cocina, donde pasa lo importante de la vida, la infancia, las charlas a altas horas, las lúcidas mañanas. También para mí la gastronomía es ese mundo maravilloso de creación y destrucción permanente de todo, donde el hecho pueda ser un desecho y un nuevo comienzo; donde el error puede ser parte decisiva del posterior acierto y acervo que deberá cuidarse como una masa madre. Y los placeres cotidianos, sencillos de la vida guían, pautan el fluir incesante y abismal del universo y representan la calidez del hogar.
Después de tantas otras lecturas rebuscadas y ajenas por fin, Banana Yoshimoto me hablaba de lo que me importaba realmente, en el encuadre tibio de una casa: cómo las personas procesan las pérdidas definitivas, las heridas del amor, la muerte; cómo se sobreponen y conviven con eso; como, a pesar de esas rasgaduras, pueden amar, desear y hallar la forma personal de ser felices y construir un hogar.
De Banana Yoshimoto y, en general, de ciertos autores de la literatura japonesa que he leído me conmueve, sobre todo, la sencillez para abordar los estados, los sentimientos. Y detenerse allí. Ocurre que en otras literaturas la acción o la reflexión cobran la mayor importancia. Los personajes o el autor le ganan al hallazgo, a la potencia de las palabras cuando encuentran efímeramente la posibilidad de traducir algo del todo indescifrable que es el universo; generalmente expuesto y etiquetado de mil formas que no dicen demasiado o sí; pero desde el intelecto, ese lugar tramposo y obstaculizador de los esenciales aprendizajes.
Ellos, en ese difuso, casi indecible territorio de una nostalgia, un recuerdo, una enseñanza, logran borrar la distancia. ¿De quién es esa historia? ¿De ellos? ¿Nuestra? ¿Del fulturo? ¿De ayer? ¿Es un amor que ya tuvimos, una soledad que ya sentimos o es eso EL amor, LA soledad, en la mejor forma en que podría contarse? Entonces es del autor, del personaje, del lector, del todo. Es como si pudieran rozar con una púa el universo entero y, sin hacer ninguna estridencia, dejarlo detenido, mientras existe un llanto, un frío en la noche invernal que empieza, un aroma que es el anticipo de la primavera y de un crecimiento. Allí está la existencia sin que nadie la represente. Sin que pueda adjudicarse a un quién con claridad. Ese flotar y mirar las cosas… Esa suavidad para entrar y llegar a lo profundo, a lo inherente a estar vivos es, para mí, la perfecta literatura. Transparente. Como si no estuviera.  
Tengo la sensación cuando leo esos textos de que todos los seres estamos desnudos. De que se puede escribir con prescindencia del montaje, del lugar y de la historia que va a venir. De que las palabras pueden existir no para vestir sino para respirar.

Banana Yoshimoto y Yasunari Kawabata logran correr del medio todas las cosas: contar una historia desde el corazón y llegar a ese mismo lugar en quien lee. Los movimientos del corazón son tan sutiles, tan silenciosos e inesperados como los aleteos de una mariposa. Su literatura es un reflejo en el lago; algo puro, verdadero, limpio de artificio y evanescente. Allí está al leer. Y también leer es tocar el agua y que desaparezca. Que pase. Leer es avanzar en el tiempo y esa escritura es el desafío de contemplar un relato sin tiempo y para todos los tiempos. 

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